En esta nueva página, se irán añadiendo los relatos que, como colaboración con este blog, Eloi BLQ me irá aportando. Espero que sean del agrado de todos y todas los visitantes pues con esta intención se incluyen.
NOTA: el autor permite la libre utilización de los textos o parte de ellos, siempre que se respete el mensaje que se quiere transmitir.
Niño alternativo: De excursión
Escrito el 29 de noviembre de 2008
David siempre recordará el día que fue a la montaña con la escuela como el mejor de su estancia allí. Fue su profesora quien le trajo la buena noticia al camión donde él vivía con sus padres. Le dijo que con la clase harían una excursión que elle estaba segura que le iba a encantar, pues era una salida para descubrir la naturaleza. Además, le recordó que él era ya un buen conocedor del bosque y, por lo tanto, debía venir para ayudar a sus compañeros.
La profesora estaba un poco preocupada por David pues últimamente lo encontraba un poco decaído con respecto a la escuela. Cuando iba a clase parecía realmente un niño abatido y en plena depresión. Sin embargo, con sus padres y en el camión era muy feliz. A causa de este comportamiento, nuevo en David, éste había dejado de ir a clase y la falta de asistencia subía ya a más de una semana. Es por esto que la profesora se vio obligada a ir hasta el camión para comunicarle a David lo de la excursión, aunque no le importaba pues le gustaba ir allí de vez en cuando por el simple hecho de hablar con él y su familia. Lo que preocupaba a la profesora era que la falta de asistencia de David a clase le acarreara problemas a sus padres, pues ella siempre hacía la vista gorda cuando él no venía algún día o dos, pues entendía la forma de vivir de ellos y lo respetaba. No obstante, ahora veía difícil poder esconder por más tiempo las campanas de David al director de la escuela, quien tenía ganas de hacer mal a su familia, pues su ignorancia le hacía odiar su forma de vivir. No obstante, a parte de esto que ya era grave, lo que más preocupaba a la profesora era que David no hacía nada de lo que ella le proponía, cuando normalmente le encantaban estas tareas diferentes a las que tenían el resto de alumnos y las acababa rápidamente y bien. Es por esto, que ella esperaba que con la excursión David recuperara ánimos y volviera a la escuela. Por otra parte, David, que ya tenía mucha confianza con su profesora, le había confesado hacía un tiempo, que estaba cansado de hacer cosas que no le gustaban y, aunque tenía amigos en clase y en la escuela, no se entendía aún con los otros alumnos y esto le apenaba profundamente, pues no estaba acostumbrado a que hubiera tantas disputas entre niños. Le dijo también, que si continuaba yendo a clase era por ella, a quien quería y sabía que hacía muchos esfuerzos para que él se sintiera bien en el colegio y para darle cosas que hacer más interesantes. También lo hacía por sus padres, porque no quería que estuvieran tristes y causarles problemas. Esto le daba más motivos a la profesora de haber ido hasta el camión para hablar con David de la excursión, pues sabía que si ella le presentaba algo diferente a todo lo que había hecho hasta entonces, puede ser que se lo ganara de nuevo.
Ese día, cuando la profesora de David llegó al camión, se lo encontró haciendo algo educativo. De hecho, casi siempre que iba al camión donde vivía para proponerle tareas, si no había ido a clase, o solo para hablar un poco, comprobaba que David estaba haciendo matemáticas junto a su madre, incluso de un nivel superior para su edad y una aplicación para la vida mucho más adecuada de las que hacían en clase. A veces escribía textos sobre muchos temas diferentes o leía. Otras veces miraba libros, que su madre cogía prestados de la biblioteca, donde aprendía las plantas, los animales, las flores y los árboles además de las características de cada uno de estos. La naturaleza era lo que más gustaba a David y pasaba horas entre esos libros. No hay mejor aprendizaje que el propio interés de un niño o niña que no esté rodeado de las tonterías del sistema, se decía la profesora cada vez que veía enfrascado en una tarea a David, pues él era un niño que con ayuda de su madre sabía más cosas sobre la vida que muchos adultos. Que supiera coser, tricotar y un poco de mecánica eran ejemplos que según ella demostraban su teoría. Algunas de las veces que la profesora de David iba hasta el camión, se encontraba que su hijo mayor también había tenido la idea de pasarse por allí. Entonces, lo encontraba con David hablando de historia y ella se les unía y se enzarzaban en bonitas conversaciones que, a veces, acababa en cena, junto con la madre y el padre de David, bajo las estrellas al lado del camión.
David hablaba varias lenguas, una que le encantaba era el alemán y cuando la profesora fue ha decirle si quería venirse con la clase de excursión, precisamente, estaba practicándola con su madre, quien también lo hablaba perfectamente. Al ver que la profesora llegaba a visitarlos, David y la madre cambiaron de lengua pues sabían que ella no hablaba el alemán. Una vez que se saludaron y David le pidió disculpas por faltar a clase. Temiendo que el director estuviera haciendo de las suyas, la madre le dijo que al día siguiente David iría a la escuela, pero hasta hoy no lo quería obligar porque lo veía triste, aunque ya estaba mejor. Mas la profesora hizo ademán de no estar enfadada por el asunto y le quitó importancia. Entonces les explicó lo de la excursión y David se alegró mucho por la noticia, para alivio de ella. No obstante, su semblante cambió cuando la profesora les dijo que la excursión costaba 15 euros. David no entendía porque debían pagar para ir a la montaña. La profesora le explicó que dentro del precio había el transporte en autocar, un monitor y el material didáctico. David insistió que no lo entendía, argumentando que podrían ir a algún bosque de los que hay cerca de la ciudad andando y que él podría explicarles muchos cosas de la naturaleza, pues tal como la profesora había comentado antes, él era ya casi un experto. Mas la profesora le dijo que las cosas a veces se debían hacer tal como las normas dictan, aunque dijo esto con pesadumbre. David no encontraba justo que hubiera un precio tan elevado. Sus padres necesitaban el dinero para construir la casa donde vivirían dentro de poco, pero él sabía que había otros compañeros de clase cuyos padres también pasaban por dificultades económicas, aunque por otras razones. David propuso a la profesora que se hicieran las excursiones a precio libre, para que cada uno pusiera lo que pudiera, o que las familias con más dinero pagaran más que las que tenían menos, así sería más justo y todos podrían ir. La profesora le dio la razón y deseaba tanto como él que fuera así, pero comentó que no funcionaría, por lo menos no con familias de diferente estilo de vida que la de David. En ese momento, la madre de David intervino en la conversación para explicar a su hijo que no todo el mundo conocía el sistema de precio libre y la mayoría de personas eran egoístas, por lo que era difícil llegar a un acuerdo donde unos pagaran más que otros o que cada familia pagara según sus posibilidades, por eso todos los alumnos debían pagar el mismo precio, si no la escuela nunca podría hacer excursiones. Su madre continuó diciendo que ir a la Montaña para muchos de sus compañeros era algo nuevo y valía la pena proponer salidas de este tipo. Por otra parte, esta noche lo consultarían con su padre, pero seguro que él estaría de acuerdo con ella que podían pagar 15 euros por tal que su hijo pasara un buen día en la naturaleza y lejos de ellos, ya que esto le haría bien.
Su padre estuvo de acuerdo y al día siguiente David volvió a la escuela para comunicárselo a la profesora, darle el dinero y el permiso firmado por sus padres. La excursión tendría lugar la semana siguiente y David, mientras tanto, fue todos los días a la escuela, pues quería hablar con sus amigos de lo que harían el día de la excursión. No obstante, al poco tiempo se dio cuenta de que el único que parecía estar realmente expectante era él. Además, las actividades y ejercicios que hacían en clase cada día para preparar la salida, no le llamaban la atención, le parecían simplones. Por lo tanto, estuvo a punto de no querer ir a la excursión, mas pensó que sus padres habían hecho un esfuerzo grande para pagar la excursión y él debía aprovecharlo y olvidarse de los demás.
A pesar de la desmotivación, el tiempo pasó rápidamente para David y el día de la excursión se aproximaba. La noche anterior a ella, durante la cena, David y sus Padres mantenían una conversación muy animada al respecto y repasaron los libros de plantas y animales para que David, al día siguiente, pudiera reconocerlas por el bosque. Al día siguiente, salieron muy temprano con el autocar y después de un poco más de una hora de viaje, con algún que otro mareado y pocas canciones, pues todos los niños debían estar sentados y callados por exigencia del conductor, llegaron a destino, donde les esperaba el monitor, el cual era un joven alto con el pelo largo formado por rastras y que hablaba siempre entre risas, con un humor muy diferente al chofer del autocar.
Una vez comenzaron a marchar, el monitor comenzó a gastar bromas a los niños y se paraba muy a menudo para darles el nombre de una flor y explicarles los remedios que podían hacer con una planta que encontraba al borde del camino. Contestaba con paciencia todas las preguntas, incluso si algunas eran abucheados por los compañeros de quien la había formulado, pues él consideraba que no había preguntas tontas. También se tomaba con paciencia las travesuras de los alumnos y llamaba la atención de quienes se despistaban con bromas tal como que no debían moverse pues tenían una serpiente sobre los pies, cuando descubrían que no era verdad aguantaban las risas de los otros y ya no se alejaban más del grupo. Con David hizo buenas migas rápidamente. En realidad, a este joven le encantaba la montaña y, de hecho, vivía en ella junto a otra gente. Le contó a David, mientras caminaban por un sendero que les llevaría a un prado donde habían muchas flores, que donde vivía tenían un huerto y una granja que producían lo suficiente para dar de comer a él y las otras 11 personas que vivían en la misma casa. Tenían electricidad gracias a un molino de agua y algunas placas solares que habían instalado. También contaban con un sistema de canalización y no dependían para nada de los demás, ya que entre ellos había gente que sabía hacer pan, coser, mecánica y todas las cosas necesarias para no deber comprarlas. No obstante, era inevitable que a veces necesitaran dinero y él se ofrecía a hacer de guía de montaña porque le gustaba mucho enseñar a los niños y así ganaba algo de dinero pasándoselo bien. Entonces, David le contó su historia y el monitor le dijo que se viniera con sus padres a visitar la casa y probar si podían vivir con ellos, pues estaban construyendo una nueva vivienda y buscaban gente para habitarla. Mas, David dijo que preferirían partir a Alemania para vivir, pero que se lo comentaría a sus padres y puede que quisieran probar. Por su parte, lo único que echaba de menos en la comuna del joven era que no hubiera niños y niñas.
Poco a poco David se dio cuenta que el joven monitor era un tremendo conocedor de la naturaleza. Conocía cientos de flores y plantas y sabía interpretar todas los signos sabiendo que animal lo había hecho. Así que David aprovechó y le hizo mil preguntas para luego explicar a sus padres las explicaciones de usos y remedios. Los otros niños poco a poco fueron perdiendo interés de las explicaciones del monitor, pues creían imposible que una planta les pudiera curar realmente, pues estaban acostumbrados a los medicamentos. No obstante, sabía ganárselos y llamar su atención con juegos de magia y malabarismos. Así consiguió que los alumnos aprendieran el nombre de algunos árboles y plantas. Sin embargo, no vieron ningún animal y esto era lo que más deseaban, pero como no guardaban silencio tal como el monitor les pedía fue del todo imposible. A pesar de todos los intentos del monitor, hubo algunos niños que finalmente se dedicaron a molestar sus explicaciones. Ni siquiera las advertencias de los profesores daban resultado. Incluso había algunos que tras alguna de las explicaciones del monitor se dedicaban a tirar piedras contra los árboles o arrancar las flores. El monitor ya no les prestaba atención, dedicándose a los que realmente mostraban interés o a aquellos que aún seguían al grupo y su saber hacer, dejando a los profesores que controlaran a los otros. David le preguntó si no debían evitar que hicieran mal a las flores, pero el monitor le comentó que, para prevenir, las flores que enseñaba eran las más comunes y no pasaba nada. Le molestaba más que él no hubiera conseguido atraer a todos los alumnos.
Después de comer, hicieron juegos propuestos por el monitor, aunque muchos quisieron jugar al futbol y algunas de las niñas prefirieron sentarse para hablar o no hacer anda. Así que aprovechó para coger a un pequeño grupo y los internó en el bosque por senderos de animales. Entonces, en silencio, pudieron ver un ciervo solitario que se alimentaba de hierba alta. Tenía una cornamenta muy pequeña y cubierta de un fino pelaje. Según el joven monitor esto era porque se preparaba para cuando llegara la época de aparearse. De vuelta a donde estaban los otros, también pudieron ver una ardilla que roía una piña.
El resto de la tarde se dedicaron a rellenar los cuadernos didácticos. David, por su parte, no quiso hacerlo y prometió a su profesora de entregárselos al día siguiente. Aprovechó para hablar más con el monitor, tanto de la vida como de las plantas. El monitor le explicó que antes los niños y niñas sabían más sobre la naturaleza. También hacían más salidas al campo con la escuela y estaban familiarizados con plantas y animales. Ahora solo iban de muy tanto en tanto y estaba seguro que la mayoría se olvidaría de sus explicaciones pronto. No obstante, él consideraba importante hacer estas excursiones, ya que siempre había alguien a quien se le habría el corazón por la naturaleza y de más grandes, quien sabía, pero éstos podrían decidir irse de la ciudad. De hecho, él comenzó de esta forma y ahora era un buen amigo del monitor que en su día le enseñó con sus explicaciones que se podía vivir sin mucho y en la montaña.
Antes de irse de nuevo a la ciudad, la última actividad que propueso el momitor a los alumnos fue recoger todos los restos de plásticos, cartones y latas que habían quedado por tierra. Después de otra hora de viaje callados y sentados, al llegar a la escuela David fue corriendo a explicar a sus padres todas las nuevas cosas que había aprendido. También les habló acerca del monitor y la comuna donde vivía. Entonces, el padre les dijo que su jefe le había dado unos días de vacaciones pues no había mucho trabajo, así que aprovecharían y se irían hoy mismo a visitar al nuevo amigo de David y, por lo tanto, pasar unos buenos días en la montaña.
Durante el viaje, David preguntó a su padre porque los niños de hoy en día no conocían la naturaleza como antes, pero sobretodo, lo que le gustaría saber es porque no se interesaban en ella y solo veían al campo como un sitio de ocio. Su padre le contestó que la ciudad era un factor importante para la analfabetización de la población con respecto al uso de remedios naturales y así evitar que la gente consiguiera las cosas por ella misma, ya que existía la industria farmacéutica que tenía mucho poder y generaba mucha riqueza, aunque solo fuera para unos pocos. Entonces, la madre les recordó que ya que iban al campo podrían aprovechar para recoger hojas de fambrueso para hacer infusiones y así preparar bien los tejidos del útero para dar a luz y si podían también un poco de salvia para hacerse baños calientes con las hojas y así quitarse las malas energías. Y fue por estos días pasados en la montaña que David siempre recordará la excursión con la escuela como el mejor de su estancia allí.
Los Tres Cerditos
Escrito el 18 de octubre de 2008
Había una vez, un bosque mágico formado por cedros, al cual precisamente lo llamaban el Bosque de los Cedros. Allí no había hombres que moraran y los animales vivían en paz y armonía con la naturaleza, por lo que nadie podía imaginar que, un día, su amado bosque correría un grave peligro, menos aún, que éste vendría de alguien que nació y creció en el él.
En el bosque de los Cedros, vivían todo tipo de animales. Del grande y peludo oso pardo, al más pequeño de los roedores de bosque y del más audaz e inteligente como el lobo, al más tímido y precavido conejito. Todos estaban en el bosque y todos se respetaban viviendo juntos o separadamente. Entre todos los ellos, los más conocidos eran los tres cerditos. Eran hermanos y ya de pequeños se dedicaban a jugar y divertirse con los demás, sin preocuparse por el futuro. No obstante, bien pronto, el más grande de los hermanos, demandó a sus padres que lo inscribieran a la escuela, pues de grande quería trabajar para ganar dinero y jugando en el bosque, como hacía desde pequeño, solo perdía el tiempo. Sus padres intentaron convencerlo que jugando aprendía y que no necesitaría ir a la escuela si ponía más interés. Además, para que necesitaría el dinero en un futuro, en el bosque nadie tenía y todos eran felices. Sin embargo, el cerdito mayor, erre que erre, se empecinó en ir a estudiar a la escuela porque no los creía. Sus padres, que eran tolerantes, finalmente cedieron y le enviaron al colegio. Así el cerdito mayor dejó de jugar con sus hermanos y amigos.
A los tres cerditos les gustaba mucho la música. Cada uno de ellos tocaba, al menos, un instrumento. El violín, el clarinete, la gralla y el acordeón eran sus preferidos. Aunque, el cerdito mediano, poco a poco se interesó por la percusión. Junto al zorro y la ardilla montaron un grupo de rock que se llamó «Sex & Drug in Cedros Town», lo que conllevó más de una queja entre los mayores. Por su parte, el pequeño siguió con la música clásica y el violín devino su pasión. Su hermano mayor se burlaba de ellos diciéndoles que no llegarían a nada, así que también dejó de tocar instrumentos junto a ellos para ir a una academia de informática donde aprender a escribir un currículum y así conseguir un buen trabajo.
Otra de las pasiones de los tres cerditos era la lectura, quienes desde pequeños leyeron a los grandes de la historia. Desde los clásicos a la poesía sucia, todo era bienvenido. El pequeño y el mediano inauguraron una biblioteca en el Bosque de los Cedros, para que todos los animales del bosque pudieran tener acceso a la lectura de buenos libros. Por descontado, pidieron al mayor su ayuda, pues requería trabajo manejar la organización y porque siempre habían hecho todo juntos, mas éste desechó tal tarea ya que no era remunerada y su única lectura se basó en libros para ganar dinero fácilmente. Por lo tanto, abandonó otra de sus pasiones y así, una a una, las fue dejando todas para alcanzar su sueño más deseado, ser rico de dinero. Finalmente, el cerdito mayor marchó a la ciudad donde encontraría lo que tanto quería, mientras sus hermanos se dedicaron a viajar y divertirse con sus amigos del bosque.
Los años fueron pasando y los cerditos se independizaron. El pequeño y el mediano quisieron instalarse en el bosque. Entre chanzas y risotadas explicaban a sus amigos y amigas sus proyectos. El primero, que poco a poco se fue interesando por lo ecológico, había estado ayudando a unos colegas a realizar una casa con un aislamiento de paja. Una vez estuvo acabada, vio que los resultados eran extraordinarios y decidió construir su casa con las mismas técnicas. Era económico y respetaba la naturaleza , pudiendo procurarse el material fácilmente de los campos limítrofes del bosque. Pidió ayuda a todos, pues la construcción requería mucho trabajo y todos se la brindaron. El segundo, que se había convertido en un amante de los árboles y había aprendido a trabajar magníficamente la madera, decidió hacer una cabaña entre las copas de los árboles más altos del Bosque de los Cedros. En él había muchos árboles que ya eran viejos y debían dejar paso a sus vástagos, de esta forma conseguiría el material. También pidió ayuda a los demás y éstos, al igual que a su hermano, se la dieron sin pensar.
La fiesta se dio por finalizada y todos disponían a irse bebiendo el último sorbo de sus cervezas. Entonces, la puerta se abrió dejando pasar un frío viento, el cual algunos dijeron que soplaba de forma maligna, a pesar de que era primavera avanzada. El personaje que entró se cubría de una capa negra y un sombrero de copa del mismo color, al rato todos averiguaron que se trataba del hermano mayor de los tres cerditos, que había vuelto de la ciudad. Tenía su cara tan cambiada por algo que no adivinaban que al principio no lo reconocieron. Sin embargo, pronto descubrieron quien era y todos rieron y lo acogieron calurosamente intentando vencer aquel frío que insistía en quedarse. Sirvieron de nuevo cerveza a todo el mundo, el hermano pequeño le preguntó si venía para quedarse y el otro le instó a que les contara sus planes. Entonces, el cerdito mayor, con una sonrisa, que él pensaba sarcástica pero se trataba de un rictus tan horrible que desfiguró aún más su cara, la cual todos la recordaban como seria pero bondadosa, comenzó a amenazar mas que explicar, que sus planes era hacerse rico a costa del Bosque de los Cedros. Tenía carta libre para hacer mil viviendas de ladrillo en los terrenos que había adquirido. Ante la atónita mirada de sus antiguos amigos que no entendían una sola palabra, el rictus de su cara se hizo más horrible cuando, con una risa estridente, continuó diciéndoles que el ladrillo era un material que permitía hacer casas sólidas, con la ayuda del cemento, con poco dinero. Cuando acabara la construcción, vendería cada vivienda cinco veces más cara de lo que había costado levantarla. Nada lo detendría, cortaría todos los árboles, construiría una carretera para que los hombres pudieran venir de la ciudad, primero para trabajar en su proyecto, pues consideraba a los animales como inútiles, aunque la verdadera razón era que sabía que ninguno querría trabajar para él, y luego para vivir en casas que serían sus segundas residencias. Moldearía la montaña a su gusto para hacerla mejor a los deseos de ocio de los hombres y no le importaba si se debía contaminar los ríos y el aire, pues al final el sería muy rico y para entonces ya estaría lejos de aquel maldito bosque y sus habitantes. Con estas últimas palabras se fue, despreciando incluso la buena cerveza, artesanal del Bosque de los Cedros, que le habían ofrecido. En definitiva, había vuelto para destruir el bosque.
Una vez cerrada la puerta, el calor volvió a la habitación, todos se miraban nerviosos mientras el ruiseñor comentaba que se había vuelto loco, algunos rieron ante el comentario, pero todos temían lo peor. Se quedaron unas horas bebiendo e intentaron festejar de nuevo, pues nadie quería acabar la noche con un sabor amargo en la boca, mas no lo conseguían. Al final todos miraron al cerdito mediano, quien estaba taciturno y triste en una esquina. Le preguntaron si estaba bien y él les contestó que su hermano no se había vuelto loco, sino que en la ciudad había encontrado aquello que tanto ansiaba, poder y dinero. Rápidamente, los amigos se movilizaron para salvar al Bosque de los Cedros, su mundo. Crearon una plataforma, pidieron firmas a los vecinos, compañeros y familias, pero nada sirvió ya que el cerdito mayor tenía el beneplácito de los políticos, pues su plan daba dinero y trabajo. Por su parte él, sin demora, ordenó la construcción de la carretera. Talaron árboles, utilizaban el agua del río para limpiar con ella aparatos y mojar los ladrillos, devolviéndola de nuevo al cauce sucia y contaminada, imposibilitando su consumo. Poco a poco, las casas fueron apareciendo y el Bosque de los Cedros y las montañas perdieron su encanto. Hicieron también una estación de esquí, pistas de tenis y hoteles con piscinas climatizadas. Muchos de los antiguos habitantes, se vieron obligados a irse, o partieron asqueados y cansados de luchar tanto por nada. El cerdito mediano y el pequeño, sin embargo, continuaron viviendo en el bosque, ya que insistieron en seguir adelante con sus planes. Por lo que, con trabajo constante, construyeron sus casas. Uno de paja y el otro de madera.
Un día del tercer año, desde que comenzó la pesadilla del Bosque de los Cedros, se encontraba el cerdito pequeño acabando un granero en paja, donde conservaría las bellotas que había recogido para pasar el invierno, cuando escuchó el aullido enfadado del lobo, uno de los pocos antiguos habitantes que quedaban en el bosque. El cerdito imaginándolo hambriento y colérico, pues casi no quedaban animales en los alrededores, se encerró en su casita de paja para salvaguardarse, pues cuando el lobo se enfadaba no entraba en razón. Al llegar éste a la puerta de la casa de paja, bramó y resopló exigiendo al cerdito pequeño que le ayudara a poner fin a tal injusticia, sino se lo comería. El cerdito le dijo que ya habían hecho todo lo que podían y que debía aceptar el presente e intentar mejorar el futuro. El lobo, fuera de sí, intentó derribar la casita, con zarpas y dientes hizo estragos a la estructura, pero al no conseguir su objetivo se marchó. El cerdito pequeño, asustado, esperó un rato para asegurarse que el lobo se había ido de verdad. Cuando estuvo seguro, salió raudo dirección al despacho de su hermano mayor para rogarle que no continuara con más viviendas, que acabara y se fuera con su dinero, dejando una parte del bosque para los animales. Entre tanto, el lobo llegó a casa del cerdito mediano, quien oyendo sus bramido llenos de cólera por el hambre, dejó las tareas de construcción de una segunda plataforma, que le permitiría ampliar la casa en otra copa de un árbol vecino, y se encerró en su casita de madera. Cuando el lobo llegó, subió por la escalera de caracol hasta la puerta y exigió al cerdito que le ayudara a poner fin a la pesadilla, sino se lo comería. El cerdito mediano le contestó con palabras sabias y parecidas a las de su hermano pequeño y el lobo, más enfadado aún, intentó derribar la casita, rompiendo las ventanas intentó colarse dentro, pero incapaz de ello, se fue diciendo que él solo mataría al cerdito mayor. El cerdito mediano esperó a que el ruido de los pasos del lobo se alejara y, sin perder el tiempo, decidió ir a avisar a su hermano, pues no quería que el lobo se metiera en problemas a causa de la avaricia de otros.
El cerdito mediano cogió un atajo para ir al despacho de su hermano, pues aunque el bosque había cambiado mucho a causa de los trabajos de los tres últimos años, él seguía conociendo todos sus recovecos. Por el camino encontró a su hermano pequeño. Le explicó los propósitos del lobo y decidieron ir a salvar la situación y que nadie saliera perjudicado. Continuaron por aquel atajo y llegaron al despacho de su hermano mayor antes que el lobo. Lo encontraron sentado sin hacer nada en un sillón, éste intento echarles fuera pero antes de que pudiera le explicaron que el lobo se proponía matarlo. Le pidieron que terminara y que se fuera con su dinero, que dejara un trozo de bosque sin construir para que sus amigos pudieran regresar, mas el cerdito mayor quería hacerse más rico y tenía nuevos planes para destruir la montaña y el bosque. Finalmente, antes de que terminaran la discusión, el lobo llegó y bramando y resoplando, pidió al cerdito que se entregara y el respetaría su vida si se marchaba del bosque, pero éste se rió del lobo y le encomendó a que fuera él quien partiera como los otros. Entonces, el lobo, a causa de su cólera, comenzó a soplar con toda su fuerza, levantando vientos que llegaron a derribar algunas tejas, también tiró los ladrillos y cemento duro, que encontró alrededor, contra el edificio, haciendo agujeros y destrozando la puerta. El cerdito mayor tuvo miedo, pues solo él sabía que se utilizaba material de mala calidad para hacer las viviendas más baratas y así él ganaría más dinero. El lobo, al ver el paso libre, aulló con el aullido más fuerte y mágico que jamás un hombre haya escuchado. Tal fue la fuerza del aullido, que todos los hombres que estaban trabajando se espantaron y corrieron hacia sus coches para escapar a la ciudad. Cuando el aullido se apagó, ocurrió algo que más tarde los viejos del bosque dirían que fue la misma Madre Naturaleza quien lo hizo para ayudar al lobo. Un terremoto sacudió la montaña derribando todas las viviendas que se habían construido.
El cerdito mayor lloró y lloró al ver sus planes destruidos. Gritó que estaba arruinado y pareció tan desesperado que sus hermanos, teniendo pena de él, intentaron reconfortarlo y le invitaron a que se quedara con ellos y comenzara de nuevo pero respetando al bosque. El les espetó que no entendían nada, que no tenía dinero y debía pagar créditos a bancos y acreedores. Tuvo razón, pues sus hermanos no le entendieron, ya que para ellos conservaba los más importante, la vida. Entonces apareció el lobo, cuya rostro volvió a ser el de siempre, bonito y risueño. Ya no estaba colérico y al cerdito mayor le dio tanta pena que por piedad le dejó partir. El lobo junto a los otros dos cerditos se miraron y con una sonrisa se pusieron en marcha. Primero llamaron a sus antiguos amigos y habitantes del Bosque de los Cedros. Todos juntos plantaron árboles, limpiaron la montaña y el agua, reconstruyeron sus viviendas en paja y madera y poco a poco el bosque recuperó su forma anterior.
Los cerditos pequeño y mediano vivieron durante toda su vida en el bosque. Crearon una asociación que ayudaba y enseñaba a quien quisiera hacer su casa en paja o madera. Del cerdito mayor nadie supo nada, pues nunca más lo vieron. Un viajero que pasó por el Bosque de los Cedros dijo que en la ciudad le contaron que un cerdo mató a un banquero y luego se suicidó, aunque no estaba seguro quien de los dos era el cerdo. En realidad, a nadie le importó el destino del cerdito mayor. Siguieron tomando sus cervezas y poco a poco, pero con constancia, la magia volvió al Bosque de los Cedros.
La niña que regalaba caracolas
Escrito el 23 de marzo de 2008
Había una vez, una niña que vivía junto al mar en un pueblecito de pescadores. Era muy feliz a pesar de que los pocos niños y niñas que había en el pueblo no le hablaran, ya que la encontraban un poco rara. Un primo mayor que tenía, siempre le decía que los otros le tenían envidia, porque ella era más lista y viva que los demás. A ella esto le daba igual y tampoco le importaba que no le hablaran. Ella prefería la soledad y pasear por la playa. Por otra parte, su pasión eran los cuentos. Todas las noches antes de ir a dormir, siempre iba a casa de su abuelo para que le contara un cuento, ya que él sabía muchos y los contaba muy bien. Un día ella le dijo que cuando fuera más grande le gustaría conocer un cuenta cuentos tan bueno como él. Su abuelo le dijo que cuando lo conociera, aquel se quedaría el resto de su vida a su lado.
De vez en cuando, la niña solía caminar hasta una calita que había a unos pocos quilómetros del pueblo. Allí nunca iba nadie, por eso le gustaba tanto. Además, en aquel lugar podía recoger las caracolas de mar más bonitas que jamás nadie haya visto, no se encontraban en ningún otro sitio. Ella no las recogía para coleccionarlas ni para quedárselas, ya que por esta razón no las recogería, las dejaría en la playa, pero las recogía para dárselas a los demás, ya que tenía la costumbre de regalarlas a aquellas personas que, de alguna forma, le ayudaban. Cuando estas personas veían esas caracolas tan bonitas, le preguntaban de donde las cogía, pero ella les respondía que era un secreto. Su abuelo era el que más tenía, ya que con cada cuento que contaba a su nieta, ella le daba una caracola y de las más bonitas. A su primo también le daba muchas, porque siempre le ayudaba con los deberes. En definitiva, casi todo el pueblo tenía caracolas de mar, porque todos deseaban ayudar en algo a esa niña tan simpática y bonita. Solamente los niños y niñas no tenían ninguna.
Pasaron los años y la niña dejó de serlo para convertirse en una adolescente muy guapa. A pesar de esto, todo continuaba igual, ella seguía regalando caracolas, los demás ayudándola y las otras chicas sin hablarle. De hecho, éstas le cogieron aún más envidia que antes, porque los chicos que venían de otros pueblos o de la ciudad, siempre hablaban primero con ella, porque era la más amable y bella de todas. Ella reía y lo pasaba bien con ellos, así que lo agradecía regalándoles caracolas, pero como nunca iba a más la relación, éstos se cansaban y acababan yéndose con las otras chicas.
Cuando pasó la mayoría de edad, comenzó a aburrirse en el pueblo, su primo se había ido y su abuelo siempre la animaba a viajar. Al final, sintiendo mucha pena por su abuelo y por la calita donde cogía caracolas, un día decidió irse a la ciudad y descubrir ella misma como era la vida allí. Hizo las maletas, de las cuales, una estaba llena de caracolas, cogió un bus y se fue. Al llegar a la ciudad, descubrió que la gente estaba muy ocupada y los pocos que la ayudaban ponían caras raras cuando ella les regalaba una caracola. No estaba muy contenta con lo que tenía en la ciudad, pero decidió quedarse. Le gustaba mucho pasar las tardes en la plaza de la catedral sentada en las escaleras, tomando el sol y escuchando a los jóvenes de la ciudad. Éstos al saber de una chica muy guapa que pasaba las tardes allí, iban a visitarla, la hacían reír y la acompañaban a otros lugares para enseñarle que en esa ciudad había sitios muy bonitos. Ella les agradecía su compañía regalándoles una caracola. Los chicos la cogían y ya no volvían a hablar con ella. Sin embargo, una de esas tardes, un chico, que por su aspecto no parecía de esa ciudad y podía ser que viniera de muy lejos, se sentó a su lado y fue él quien le pidió que le contara algo de la ciudad. Ella se disculpó diciéndole que no la conocía muy bien aún, porque no era de allí y los chicos que había conocido, aunque eran muy simpáticos, solo le contaban tonterías y la llevaban a sitios oscuros y pequeños. Entonces, aquel joven le dijo, que si ella quería, le enseñaría un lugar secreto, el cual descubrió hace poco, que seguro le gustaría. Ella accedió y se fueron hacia allí. Al llegar, se sorprendió mucho de lo bonito que era, desde allí se podía ver toda la ciudad. Además, había mucha luz y pasaban por allí muy pocas personas. La chica comentó, observando la ciudad, que estaría muy bien saber alguna historia sobre ella y ese mirador secreto, el chico le dijo que historias sobre la ciudad no sabía, pero que si quería, le contaba un cuento. Al escuchar estas palabras, a la chica le brillaron los ojos y él al verlo, comenzó a contarle un cuento, y dos y tres. Finalmente, pasaron toda la tarde allí mirando la ciudad y contando cuentos, hasta que el sol se puso. Bajaron a la ciudad y se despidieron con una hasta luego.
Esa noche, la chica no puedo dormir, se dio cuenta que a lo mejor no volvería a ver a ese chico. Sin embargo, rápidamente se le ocurrió que seguro que lo volvería a encontrar en su lugar secreto, así que decidió que volvería allí. Al levantarse al día siguiente, lo primero que hizo fue buscar una caracola para regalarsela, ya que al despedirse, por lo emocionada que estaba, no se acordó. Buscó y buscó entre todas, pero no encontró ninguna lo suficientemente bonita para él, pensó que ni siquiera regalándole todas las que tenía, sería suficiente para agradecer la tarde que había pasado con él. Además, en el mismo instante en que aquel chico le dijo que si quería le contaba un cuento, supo que él era el cuenta cuentos que iba a conocer, el que su abuelo dijo que estaría para siempre con ella. Pensó, que este chico se merecía algo más que una caracola. Con esa idea en la cabeza, fue hacia el lugar secreto y allí estaba el chico. Éste al verla se alegró mucho y le confesó que había vuelto allí con la esperanza de volver a verla y ella, por su parte, le confesó lo mismo. Pasaron un rato mirándose y él le contó un cuento, la chica se lo agradeció con un abrazo. Entonces, aquel chico se entristeció y le contó que sabía que ella regalaba caracolas a todo el mundo que le ayudaba de alguna forma, sin embargo, a él no le había regalado ninguna, a pesar de que le contaba cuentos y esto a ella le gustaba mucho. Además, acabó diciéndole que se había enamorado de ella, por eso le regalaba lo mejor que tenía, sus cuentos. La chica, al escuchar estas palabras le dio un beso y le dijo que si él estaba enamorado de ella, no podía esperar nada a cambio, sería egoísta de lo contrario, porque uno no da lo mejor que tiene pidiendo lo mejor del otro. Continuó diciéndole que él mismo se había respondido, pues ella regalaba caracolas a todo el mundo que le ayudaba. Sin embargo, no regalaría lo mismo que a todo el mundo al chico del cual se había enamorado. Al chico del cual se había enamorado le daría lo mejor de ella y esto era su gran corazón.
Niño Alternativo – La Autoridad
Escrito el 6 de marzo de 2008
Hacía ya unos cuantos meses que a David lo habían obligado a escolarizarse. Sus padres habían puesto algo de resistencia al principio, intentando dialogar con la asistenta social y representantes escolares, pero ante la propuesta de diálogo, solo encontraron una amenaza, la posibilidad de quitarles a David para meterlo en un centro infantil. Así, sin ver otra solución por el instante y ante las continuas presiones de una asociación de padres, aceptaron meter a su hijo en la escuela pública que les indicaron, aparcando su camión cerca de ella para que pudiera ir andando. Durante estos meses, David había engendrado un cariño profundo por su profesora, la cual respetaba y admiraba tanto como a sus padres. Ella era respetuosa con todo el mundo y también sus alumnos, intentando una conversación adecuada a sus edades. Ella no imponía más de lo que ya le obligaba el sistema educativo y siempre intentaba poner buena cara al temporal. Por todo esto y por otras vivencias junto a ella, David solo podía que hablar bien de su profesora a todo el mundo que conocía.
La primera vez que fue al cine con ella, sus padres le dejaron ir sin pregunta alguna, pues su profesora ya había hablado con ellos anteriormente durante una reunión y sabían que ella solía ir a cines alternativos donde se ponían películas difíciles de ver en cines comerciales donde solo se visionan las venidas de Hollywood y comerciales. Por otro lado, David era buen amigo de los dos hijos de su profesora, que aunque eran mayores, trataban a David por igual y lo respetaban a pesar de que no tuviera dinero o fuera diferente. Incluso el mayor de ellos lo admiraba y envidiaba de forma sana, pues a su edad comenzaba a averiguar sobre el anarquismo, leyendo libros recomendados por su madre, buscando la forma de ser más solidario. Los padres de David confiaban en él, pues lo conocían bien, ya que llevado por la curiosidad de aprender de ellos, el joven se acercaba a menudo por el camión después de las clases en el instituto, donde iba a cursar el bachillerato. Sabían que era un joven inquieto y lleno de expectativas. Además, encontraba y sabía defender con buenos argumentos el ideal libertario sin llegar al extremo de ser un cabezón y defenderlo con el corazón, sino más bien por convicción. Sabían que algún día él sería anarquista.
Todo el mundo podía entender la añoranza que sentía David cuando ella pidió la baja por enfermedad. No quisieron decir lo que era a sus alumnos, considerándolos muy pequeños para entenderlo. Como siempre, en esta ocasión también se despreció la capacidad de entendimiento de los pequeños, contándoles una mentira o, como en el caso, ocultándoles la verdad. David supo que su profesora tenía cáncer de mama, pues sus padres se lo dijeron y porque fue a visitarla al hospital, pero no estaba triste porque lo habían descubierto pronto y tenía cura, por lo que antes de que acabara el curso ella estaría de vuelta. El día que sus padres le explicaron la verdad de lo que sucedía, descubrió David que era el cancer y de donde provenía, pues su madre le dijo que era una enfermedad moderna que consistía en la muerte de las células de nuestro cuerpo, básicamente. Se debía, sobretodo, a la nutrición a base de alimentos industrializados y legumbres contaminadas por los pesticidas, como también por las carnes y pescados que venían de lugares donde se alimentaba mal a los animales para que engordaran rápidamente. También se debía a la polución y radioactividad que sufrían las ciudades. Por eso, continuó explicando su madre, era importante tener su propio huerto y granja y hacerlo de forma ecológica, como no vivir mucho tiempo en las ciudades, para no padecer enfermedades como la que sufría su profesora.
Sin embargo, peor que la añoranza que sentía David, era el nuevo profesor que daba las asignaturas en su clase. Se trataba del director de la escuela, al cual no le gustaba nada la forma de vida de los padres de David y había sido uno de los instigadores para quitarles a su hijo, por lo que David se veía obligado a ir a clase todos los días si no querían tener problemas. Todo los niños y niñas de la clase tenían miedo de él porque les gritaba y perdía los nervios por cualquier nimiedad, por lo que comprendieron por primera vez cuando David les explicaba que había gente que no lo respetaba, pues en esta ocasión ellos se sentían considerados como objetos, sin derecho al respeto, simplemente porque eran pequeños. Una tarde, David preguntó a su padre porque no tenían un sustituto como en el curso de los mayores, que tenían otro profesor, nuevo en la escuela, pues su profesora habitual había tenido un hijo. Su padre le explicó que esto se debía al bajo presupuesto de las escuelas públicas, por lo tanto se debían obligados a no pedir muchos sustitutos. Entonces, David le preguntó porque el presupuesto era tan bajo, ya que también obligaban a los padres a pagar por el material, cuando David consideraba adecuado que este fuera gratuito y utilizado de forma adecuada. A esto su padre le dijo que la razón se debía a que el mundo se preparaba para una gran guerra, por lo tanto los gobiernos de los estados consideraban más oportuno gastar más dinero de los impuestos en armamento militar y sueldo para soldados que en educar bien a los nuevos ciudadanos. Además, les interesaba que hubiera mano de obra barata y que no todo el mundo estudiara hasta la universidad, pues debían tener gente en las fábricas y la construcción para dar dinero a los ricos y que todo el mundo estudiara les resultaba muy caro, prefiriendo gastar ese dinero en hacer la guerra.
El director de la escuela mostraba su autoridad ante los niños y niñas de su clase en cada ocasión que tenía. No obstante, David siempre recordará la mañana donde éste llegó casi a humillar a un compañero porque había hecho algo mal cuando el ejercicio era muy simple. David se indignó porque no veía bien que alguien, simplemente por ser mayor o tener un título que le permitía educar, tuviera la libertad de desvalorizar el trabajo de otra persona porque, simplemente, no estaba hecho al gusto de quien lo mandaba. Además, en este caso, su compañero de clase había hecho bien el ejercicio, solamente que no como había pedido el profesor, así que David, armado de razón, se lo hizo saber al director, quien lleno de rabia castigó tanto al otro niño como a David sin recreo aquel día. Por la tarde, de vuelta al camión, David contó lo sucedido a su madre y decidieron esperar al padre para tomar una decisión conjunta. Cuando éste llegó, hablaron del tema y escribieron una carta para el profesor, debido a que el padre no podía ir a hablar con él por el trabajo y la madre estaba muy avanzada en su embarazo y no quería causar pena al director, ya que, imaginando sus posibles pensamientos, pensaron que la trataría como si ella estuviera desvalida por su estado. De todas formas, si la carta no surgía efecto en el director, entonces irían a hablar con él sobre lo ocurrido en la escuela. En la carta expresaban su disconformidad con su actuación e intentaban explicarle que, normalmente, las cosas se podían hacer de varias maneras, no habiendo reglas para todo, pero ante todo que creían que los alumnos aprendían mejor si veían que el profesor o profesora les trataba con respeto antes que imponer su autoridad ante ellos, algo que no se lo daba su estatuto de profesor, sino su propia personalidad.
Al día siguiente, lo primero que hizo David al entrar a clase fue dar la carta al director, quien no la leyó al instante diciendo que la leería durante el recreo. Así lo hizo, pensó David, pues al final del recreo, mientras iban de nuevo a clase, el director le dijo a David que no le interesaba lo que pensaran personas sin estudios, igual que él, que nunca sería nadie. Esa tarde, algunos de sus amigos le propusieron de ir a jugar al bosque, pero David estaba muy triste por la respuesta del director y declinó la oferta ante la estupefacción de los demás, pues él siempre era de los primeros en dirigirse hacía el bosque cuando alguien lo proponía. Al llegar al camión, se le alegró la cara al ver tanto a su padre como a su madre, pues éste había acabado pronto en el trabajo ya que el jefe estaba contento con él y le dio unas horas libres. Le preguntaron por la reacción del director y David contó todo con señales, como siempre hacía con sus padres, pues había plena confianza entre ellos. Al ver que su hijo no entendía muy bien la situación, le explicaron que hay personas que se creen superiores a los demás por tener un título o un uniforme, como por ejemplo los policías, pero no hay que ponerse triste, más bien padecerlos y sentir pena por ellos. Por otra parte, le dijeron que su profesora había vuelto a casa y ahora tenía que reposar unos días, pero pronto estaría de vuelta a casa. Ella los había invitado a cenar a su casa, pues se sentía con fuerzas y con ganas de ver a David. Sus padres le preguntaron si le apetecía verla y antes de contestar éste ya se estaba cambiándose de ropa y limpiándose para la ocasión.
Fueron a casa de la profesora de David paseando tranquilamente por las calles más pequeñas de la ciudad, así el ruido de los coches les molestaban menos. Mientras el padre había entrado a comprar una botella de vino, uno bueno, pues en estas ocasiones merecía la pena gastar algo de dinero, la madre enseñaba a David el collar que había hecho para su profesora. Éste le comentó que era muy bonito y aprovechó para preguntar a su madre porque los profesores ordenaban y no preguntaban. Ella le contestó que no eran todos, había profesores que sabían hacer bien su trabajo, como por ejemplo su profesora, a lo que David tuvo que asentir, y su madre continuó admitiendo que era verdad que la mayoría sentían que a los niños y niñas se les educaba con autoridad, aunque esto se debía más a que hacían su trabajo sin amor, más bien por obligación, para tener un salario seguro y, además, veían que el sistema educativo les obligaba a hacer y enseñar tantas cosas innecesarias, que en vez de luchar por cambiarlo, al final lo aceptaban y poco a poco se transformaban en lo que la sociedad necesitaba de ellos, mostrar a los pequeños que se debe ser egoísta y autoritario, aunque David sabía que esto no era verdad.
La Lápida
Escrito el 7 de febrero de 2008
Sylvia fue mi primera hija. Era rubia, con ojos azules y tenía la cara blanca adornada con sonrosadas mejillas y pecas sobre la nariz. La tuve con veinte años. El novio que tenía por aquel entonces me dejó embarazada y al poco tiempo de saberlo me abandonó. En realidad, no me importó, mejor sola que mal acompañada. Tenía fuerzas para criarla. Era el momento, mi cuerpo y yo lo ansiábamos. La desgracia ocurrió durante el año setenta y siete, justo a los ocho meses del cuarto cumpleaños de mi hija. Para su aniversario la disfrazamos de princesita… y parecía una de verdad. Como decía, era el setenta y siete y faltaban dos meses para el próximo año, pero Sylvia no lo conoció. A los ocho meses de su día más especial un coche se cruzó en su camino. Íbamos al campo, para caminar cerca del río, pero ella no llegó, se quedó en la ciudad.
Catherine fue mi segunda hija. Ella también era rubia y de ojos azules, pero no tenía pecas como su hermana y su cara era un poco más blanquita, casi confundiéndose con la leche. Su padre fue mi primer marido y, con anterioridad, el mejor amigo que tenía. Me ayudó mucho cuando perdí a Sylvia, tanto que se casó conmigo y a los veintisiete me quedé embarazada de él. Era el año ochenta y dos y hacía cuatro meses que habíamos celebrado el cumpleaños de Catherine cuando sucedió la segundo desgracia de mi vida. Cumplía dos años y sola apagó las velas, sin ayuda de nadie. Sabía que era un día especial donde todos tenían sus miradas sobre ella, aunque no pudiera entender porque. Faltaba medio año para llegar al ochenta y tres, pero Catherine no llegó a celebrar aquel fin de año. A los cuatro meses de su aniversario un coche se cruzó en su camino. Íbamos al bosque a jugar con la pelota, pero ella no llegó, se quedó en la ciudad. Después del accidente, yo no supe ayudar a su padre como él lo hizo conmigo y para el tercer aniversario de Catherine se suicidó.
Ahora tengo trenta y cinco años y estoy casada desde hace casi dos con un abogado de prestigio. Es la primera vez que vivo en una infelicidad permanente. Acabo de llegar del ginecólogo, estoy embarazada de cinco meses y será una niña. Ni siquiera sé si el padre es mi marido. No estoy enamorada de él y sabe que lo engaño, pero le da igual, él también lo hace. Soraya nacerá el febrero del ochenta y nueve, justo el mismo mes en que nacieron mis dos hijas… y yo. Ya sé cuanto tiempo vivirá, un año y dos meses, pues en abril del noventa un coche se cruzará en su camino y ella se quedará en la ciudad.
Excluído
Escrito el 7 de enero de 2008
Padre de dos niñas, enamorado de su mujer y con un trabajo como recursos humanos en una cadena de supermercados. Podría decirse que es alguien normal, una persona agradable y que hace lo mejor para su familia. Trabaja, se preocupa por la educación de sus hijas, cuida de su mujer, siempre siendo atento con ellas. Toma cervezas con los amigos mirando un partido de fútbol y, de vez en cuando, algún fin de semana se va a la casa del pueblo con su amante mientras engaña a su mujer diciéndole que son reuniones de trabajo. Todo normal.
A causa del empleo que realiza, muchas mañanas conoce a gente con problemas sociales, que pasan hambre y viven mal. Personas que por su raza, aspecto, religión o educación quedan fuera de muchos trabajos y, como no, de la cadena de supermercados para la cual trabaja también. Como es debido, les atiende y es respetuoso con ellos, pero en cuanto se van, su nombre queda tachado. No es por él, es política de empresa.
Un día, Juan acostó a sus hijas y dio un beso a su mujer. Se proponía buscar a su querida y pasar una noche loca. Claro está, su mujer creía que se iba de juerga por allí con sus amigos. Era una noche oscura, donde los relámpagos estaban presentes y en Juan el mal humor. Cogió el coche, y mientras escuchaba el partido de la Champions, se le pinchó una rueda, lo controló y paró en la cuneta. Echando improperios y muy mojado, a causa de la lluvia, se dispuso a cambiar la rueda. Al realizar el primer esfuerzo resbaló por un pequeño precipicio, no se hizo daño, pero su ropa quedó hecha un cristo. Él estaba sucio y, además, comprobó que había perdido el móvil y las llaves de casa. Las estuvo buscando, pero el cielo parecía que quería castigarlo, llovía y llovía y solo hacía que ensuciarse más de barro. Otra vez se puso manos a la obra, pero rápidamente comprendió que con las manos llenas de barro sería incapaz de sacar la rueda, literalmente, le resbalaban cada vez que hacía un intento por sacarla. Recordó que solía tener un pañuelo en la guantera del coche… estaba cerrado, y las llaves las había dejado dentro. Con cara de incredulidad, sin poder creerse tanta mala suerte, comenzó a maldecir las nuevas seguridades en los automóviles, mientras comenzaba a sollozar, desesperado y sin entender como no pasaba ningún coche.
Caminó bajo la lluvia, cansado y triste, sin saber donde ir, pues le daba vergüenza presentarse en casa y sin poder llamar a nadie. Comprobó también, que tenía los pantalones rotos y la chaqueta le pesaba a causa de todo el agua que acumulaba. Tardó algo más de media hora en encontrarse con alguien, una mujer que paseaba su perro, dándose cuenta que estaba cerca de una urbanización. Corrió hacia ella y ésta gritó, gritó tanto que un vecino salió con un bate de béisbol y, entonces, fue él quien gritó y gritó intentando explicar su situación, pero no le hacían caso. Se cayó destrozándose las manos y aquel hombre le abrió una brecha en la cabeza echándolo a patadas.
Dirigiéndose hacia el bosque, se encontró un guante y una bufanda, hacía frío y se tapó poniéndose las prendas, a pesar de que estaban algo mojadas, pero le dio igual, estaba mejor así. Paró de llover. Juan tenía un aspecto lamentable y estaba cansado. Mientras intentaba tranquilizarse para pensar que hacer, escuchó una voz que lo llamaba, él tuvo miedo, mucho. Otro hombre lo cogió y lo acompañó hasta un túnel oscuro y húmedo. Rápidamente, entendió que se encontraba entre vagabundos que se calentaban con una hoguera y preparaban sus casas de cartones que habían desmontado para que el agua no las mojara. Pensó que estaba perdido como supieran que no era de los suyos. Entonces, el hombre que lo había llevado hasta el fuego le dijo que se tranquilizara, indicando que se calentara al lado del fuego pues a todo el mundo le podía pillar desprevenido una tormenta. El último comentario extrañó a Juan, no obstante, no le dio importancia e hizo caso del consejo. El mismo hombre que le ofreció doblemente ayuda, una vez que Juan estuvo más calmado y tenía al calor por compañero, le preguntó si le había conseguido trabajo. Entonces Juan lo reconoció, era el parado que había pasado por la mañana buscando trabajo a su despacho. Éste supo por la cara de Juan que aún no tendría trabajo y le indicó que no pasaba nada pues estaba acostumbrado a que lo rechazaran. Sin embargo, Juan ya no lo escuchaba, solo lo miraba como a un hermano, pues hoy descubrió lo que era ser un excluido.
Niño Alternativo – La falta de imaginación
Escrito el 7 de diciembre 2007
A David siempre le gustaba escuchar los cuentos que le explicaba su padre. Algunos eran tiernos, otros entusiastas, había de alegres y también algunos tristes, pero siempre eran sencillos, fáciles de entender y, además, con un final que no le dejaba indiferente, le hacía reflexionar y él mismo podía continuar la historia, sacándole ese tesoro que cada cuento lleva escondido. Sin embargo, hacía tiempo que su padre no le contaba tantos cuentos como antes a causa de que llegaba siempre muy cansado del trabajo y ni siquiera tenía tiempo para dedicarlo a su hijo o hacer algunos quehaceres en el camión donde vivían.
Era una época muy dura en la vida de David. Por un lado, su padre estaba obligado a trabajar porque debían conseguir dinero para arreglar el camión e ir algún lugar donde construir una casa. Su madre estaba enferma, se mareaba, vomitaba y necesitaba más reposo de lo normal, pero, según ella, era feliz y él también debía serlo porque pronto disfrutaría de un hermano o hermana, así que él la apoyaba e intentaba hacer todas las tareas que podía, aunque su madre era muy fuerte y continuaba todos los días cosiendo y haciendo pulseras y collares. Por otra parte, hacía tiempo que no veía a verdaderos amigos. Se tuvieron que ir del lugar donde estaban porque tenían que buscar el maldito dinero, por lo tanto, había dejado atrás un sitio en medio del bosque donde habían muchos niños y niñas con los que jugar y aprender. Por si fuera poco, hacía unas semanas habían obligado a sus padres a meterlo en una especie de cárcel si no querían que David les dejara. Lo llamaban escuela y en teoría iba para aprender cosas que le servirían en un futuro, no obstante a David no le gustaba nada de lo que hacía y se sentía obligado a leer cosas que no entendía. A él le gustaba más la escuela donde iba antes, cuando vivían en una comunidad formada de camiones, ya que allí los niños y niñas aprendían lo que ellos querían, jugaban mucho y sobretodo hablaban muchas lenguas y así se podía comunicar con mucha gente, para ser más inteligentes. En esta escuela, desde que había entrado, solo había hecho que sumar, restar y el abecedario, además se ve que sus compañeros llevaban años con lo mismo, avanzando muy poco a poco y sin poder opinar ni hablar sobre lo que querían hacer. Por eso, lo que más le gustaba a sus nuevos amigos y amigas era ir al recreo, mientras tanto, él echaba de menos poder cazar ranas y hablar alemán. A pesar de todo, conseguía pasárselo bien y hacer amigos de todas las edades, había niños y niñas muy interesantes y a veces quedaba con ellos después del colegio para averiguar cosas nuevas y descubrir los pocos bosques que quedaban alrededor de la ciudad. Otras veces no entendía porque se metían y se burlaban de él, pero su padre ya le había explicado que era porque no estaban acostumbrados a conocer gente tan especial, así que debía tener paciencia y demostrarles que no era diferente, simplemente que vivía de otra manera.
Un día que David fue al colegio, ya que muchas veces si no le apetecía no iba, junto a sus compañeros y compañeras tuvieron la oportunidad de hacer algo diferente, ya que la profesora les dijo que harían una pequeña redacción sobre la profesión de sus padres. Todo el mundo se puso manos a la obra explicando y exagerando, porque lo habían escuchado decir a sus padres y madres, las grandes cualidades y lo bien que hacían su trabajo, siempre hacían su labor muy animados y llegaban a casa muy contentos, ya que gracias a eso podían hacer muchas cosas porque ganaban mucho dinero, es decir, redacciones totalmente irreales, ya que normalmente sus padres trabajaban de la mañana a la noche, no ganaban tanto dinero como hacían creer y se lo gastaban en tonterías porque no tenían tiempo de hacer nada más con sus vidas que trabajar. Por otra parte, también hubo niños y niñas que escribieron que sus padres no hacían nada, se tiraban el día bebiendo en el bar o gritándoles porque les culpaban a ellos de su infelicidad, otros contaban como sus madres se dedicaban a coser y hacer las cosas de la casa o simplemente aguantaban las ostias que sus maridos les propinaban. La profesora, que comenzó a leer las diferentes redacciones, no se sorprendía de lo que leía pues conocía bien todas las familias, así que, como un autómata, solo se dedicaba a corregir las típicas faltas que se hacían y debían rectificarse a esa edad. Cuando hubo acabado, se dio cuenta que faltaban los de siempre y David, esto último le sorprendió, pues él era siempre el primero en todo y nunca tenía errores. Se dirigió hacía su mesa y le preguntó que pasaba, a lo que David le dijo que a su padre no le gustaba trabajar para otros, que ahora lo hacía pero se sentía como un esclavo y él no quería escribir sobre eso. Además, todo lo que hacía su padre era por gusto y no por obligación, igual que su madre. La profesora le comentó que habría algo que a su padre y a su madre les gustaría hacer mucho más que el resto de cosas. David no tardó ni un segundo en contestar que a su padre le encantaba contar cuentos y a su madre hacer malabares, la profesora le sonrío y David se puso a ello. Escribió, escribió y escribió y no le dio tiempo a acabar antes de que sonara el timbre. De hecho los otros se habían dedicado a continuar sumando y restando, pero la profesora viendo las dotes de escritor, dejó que David continuara. Al final, viendo que no había acabado, le dijo que mañana se lo entregara y que si podía, contara a la clase un cuento de los de su padre, David aceptó alegre y la profesora de esto modo se aseguró de que al día siguiente volvería.
Cuando llegó al camión a David le sorprendió ver a su padre y rápidamente se puso a correr para contarle que habían hecho hoy en clase. Sin embargo, cuando llegó a su altura la cara se le entristeció y comenzó a abrazar a su padre y preguntarle que le había pasado. Su madre lo cogió y le dijo que solo se había torcido un poco la muñeca, que no era nada grave pero que estaba cansado, lo malo era que a lo mejor perdía el trabajo. Al escuchar esto, el padre comentó que no lo creía así, ya que el patrón se había portado muy bien con él y le dijo que cogiera tiempo para volver a trabajar, que se curara bien la torcedura y que no se preocupara que le pagaría el salario entero. Añadió que tenía suerte con el patrón ya que era buena gente y respetuoso con su forma de vida, explicando que un día éste le comentó que en su juventud había sido anarquista, pero viendo como estaba el mundo, prefirió hacerse cargo de la empresa del padre y no pasar hambre, pero le gustaba la gente como el padre de David y que en lo que pudiera, lo ayudaría. Estas palabras fueron acompañadas por una sonrisa de David, quien se alegró de nuevo y a instancias de su padre, comenzó a explicarle que estaba escribiendo una redacción sobre lo que hacían él y su madre y que mañana debía entregarla, además, también tenía que contar un cuento de los suyos, añadiendo que ahora que su padre no podía trabajar y tampoco podría hacer nada en el camión, estaría bien que fuera él mismo quien explicara sus cuentos. Sus padres comentaron que era buena idea y que si la profesora les dejaba lo contarían juntos a dúo, así que rápidamente David se puso a escribir de nuevo para acabar la redacción y el resto de la tarde, antes de que cayera la noche, se fueron a un parque donde estuvieron ensayando la representación del cuento.
A la mañana siguiente fueron los tres al colegio, David estaba nervioso y expectante, estaba seguro que la profesora les dejaría hacer la representación, así que cogidos de la mano se dirigieron juntos a la clase, explicaron la idea a la profesora y ésta aceptó, comentándoles que si no les importaba vinieran en una hora para hacer la presentación. Los padres aceptaron y aprovecharon para hablar con el director, ver el colegio y ayudar al conserje dándole ideas con un huertecito que tenía en un rincón del patio. En clase de David hicieron un dictado y éste obtuvo muy buena nota con la redacción porque, a pesar de que había hecho una cuatro veces más larga que los otros, no había tenido ninguna falta grave de su edad. Pasado el tiempo, sus padres volvieron y el resto de los niños y niñas, ya sabiendo que harían, los aplaudieron y animaron para que comenzaran lo antes posible, así que ellos, sin más demora, comenzaron a contar un cuento sobre una niña muy impaciente y cabezona que se escapó de casa de sus padres porque ellos no le daban lo que ella quería. Aquí algunos interrumpieron diciendo que era normal, que se habían creído los padres, con lo que David interrumpió un momento explicándoles que las cosas se debían obtener por uno mismo y no exigiendo a los demás. Los padres de David continuaron contando que mientras la niña estaba por el bosque, el invierno llegó y se le congeló el corazón, tras esto también hubo cortes comentando que eso era imposible y la profesora les explicó que era un cuento que intentaba llegar a algo, por lo tanto, lo importante era esperar el final para entender lo anterior, que fueran pacientes. A pesar de las interrupciones varias y las explicaciones de obviedad de David y la profesora, los padres llegaron al final, que era cuando la niña encontraba un lugar para calentar el corazón, ya que no quería ni volver a casa ni esperar al verano, pues así tardaría mucho y ella era demasiado impaciente para esperar todo ese tiempo. Entonces, cuando encontró ese lugar que estaba muy cerca del sol, el corazón se le calentó, pero tanto que al final se le derritió y nunca se pudo enamorar. Acabado el cuento, solo David aplaudió entusiasmado, porque, a pesar que ya lo había escuchado muchas veces, siempre le gustaba el mensaje de esta historia. Por su parte, los otros se quedaron anonadados ya que no habían entendido nada. Comenzaron las preguntas tipo si la niña nunca tuvo un novio o porque no había vuelto al bosque donde hacía frío para que el corazón se congelara de nuevo, otros comentaron que era tonta, algunos dijeron que fue culpa de sus padres que no le dieron lo que quería y también se escuchó a alguien que comentaba que el cuento era muy triste y prefería el de la Caperucita Roja, con un final feliz. David se acercó a sus padres, les dio un beso diciéndoles que lo habían hecho muy bien y disculpándose por los otros, les dijo que estaban muy sometidos al cine de Hollywood, los padres sonrieron y se lo agradecieron. Sin embargo, alguien explotó a gritos, fue la profesora que llevada por un ataque de ira, viendo lo ignorantes que eran sus alumnos, comentó furiosa que la Caperucita Roja en realidad era una cursi que saltaba por el bosque para no ensuciarse de barro los zapatos rojos que tenía, su padre era un borracho drogadicto, el lobo en realidad era el amante de la abuela y el cazador lo mató porque era el marido y descubrió que era un cornudo. Cuando acabó el pequeño discurso, dejando a sus alumnos boquiabiertos, respiró hondo y salió por la puerta dando un portazo, entonces estalló el griterío de los alumnos, pues todos sabían que la clase había acabado y ese día tendrían más recreo.
David y sus padres se fueron a pasear por el bosque. Entonces, él preguntó a su padre porque sus compañeros y compañeras eran incapaces de pensar y reflexionar prefiriendo que se lo dieran todo hecho, su padre le contestó que no eran culpables, en realidad era la sociedad quien prefería que las nuevas generaciones no pensaran, para así tenerlos sometidos, sin darse cuenta que hacer esto conllevaba la extinción del ser humano y, por lo tanto, su propia desaparición, pues no había arma más peligrosa que la ignorancia.
Cinco minutos
Escrito el 9 de noviembre de 2007
¿Qué se puede hacer en cinco minutos? Luís estaba sentado en la silla de su despacho delante del portátil pero sin tocarlo, había terminado la memoria del excelente negocio que cerró la semana pasada y se tomó cinco minutos de relajación. Pensaba exactamente en esta pregunta, que podría hacer en cinco minutos.
Como persona adulta que es, el primer pensamiento fue para el sexo. Necesito cinco minutos para terminar un coito con mi mujer, pero este pensamiento lo desechó muy rápidamente, al producirle un escalofrío cuando evocó una imagen de su mujer en la cama. Pasó al deporte, en ese tiempo el Valencia remontó un partido al Barça en el Camp Nou, hace ya algún tiempo, yo soy del Madrid y ese partido se me ha quedado grabado en la mente para toda la vida. También es la duración del descanso entre los cuartos de un partido de básquet, suelo mirar por la televisión partidos de este deporte y estos descansos son perfectos, porque me dan el tiempo justo de ir a mear y buscar otra birra.
Se avergonzaba de las imágenes que evocaban su cerebro, siempre igual, solo pensaba en sexo y deportes. Continuó con el curro, es normal creo, son los tres pilares de mi vida, sexo, deportes y curro. Cinco minutos tardó el japonés en firmar el acuerdo después de mi gran presentación, estuve tan orgulloso de mi mismo cuando vi la cara del japo, el cual estaba realmente impresionado con mi discurso, que cinco minutos más tarde, aquí mismo, en mi despacho, me tiraba a mi socia, como se enterara mi mujer… pero fue el mejor polvo que había echado en mucho tiempo, no me extraña después de haber conseguido el negocio de mi vida. Otra vez de nuevo, el sexo abarcaba mi vida, en realidad, no llego a los 30, no tengo hijos y ahora soy rico, no me extraña que solo piense en sexo, lo extraño es que esté casado.
Su siguiente pensamiento se dirigió a las fiestas, en cinco minutos me preparo y me meto una rayita de coca o soy capaz de tomarme dos cubatas. De esto último, también se sentía muy orgulloso, ya que siempre que lo hacía sus amigos le vitorean con estruendo. De nuevo al sexo, en cinco minutos soy capaz de ligarme una tía, aún me acuerdo de la última fiesta de Navidad de la empresa, hubo de todo, drogas, alcohol y la primera vez que me acosté con mi socia, a quien me ligué en cinco minutos, que le voy a hacer, soy así.
Dejó de pensar y miró el reloj, con total normalidad se dijo a sí mismo, en voz alta, hace cinco minutos que pienso en tonterías.
Niño Alternativo – Las Marcas
Escrito el 24 de octubre de 2007
David casi todas las mañanas se dirigía a la escuela junto a su madre, siempre iban cogidos de la mano y se daban un beso en los labios para despedirse. Esto era objeto de mofa entre sus compañeros de clase, que se metían con él y hacían burla, pero David no se lo tomaba a mal, reía con ellos y de esta manera les acallaba, sin tener que violentarse. Era una táctica que le había enseñado su madre y funcionaba. Cuando los otros niños veían que sus burlas no tenían otra consecuencia que hacer reír a la víctima, se aburrían y rápidamente se ponían a jugar con él.
David no era un niño introvertido, aunque mucha gente lo creyera así porque se metían con él, como tampoco era tímido, ni débil. Más bien era simpático, hablador y caía bien a sus compañeros. Además era alto y fuerte para su edad y, a pesar de tener siete años, era el preferido entre las niñas mayores y también las de su clase. Incluso los niños más grandes del colegio le tenían simpatía, permitiéndole sentarse a su lado durante el recreo, lo que era un honor para los más pequeños. Estos se divertían con las aventuras y viajes que David había realizado junto a sus padres en el camión donde vivían.
Entonces, por qué se burlaban de él os preguntareis, simplemente lo hacían porque era diferente, pero no diferente porque estuviera gordo, llevara gafas o su padre fuera un alcohólico, su madre prostituta o porque simplemente lo cogían a él como objeto de mofa. No, él no era el típico niño maltratado de la escuela, él era diferente porque sus padres y él no vivían como los demás. No solo se mofaban de él por los besos en la boca con su madre, también porque a veces llegaba con la ropa algo vieja o porque no le daba asco beber del mismo baso que otra persona o no sentía la necesidad de coleccionar cromos de fútbol o comer pastelitos como los demás, sino que prefería leer y comer fruta, porque sus padres le habían enseñado que eso era sano para la mente y el cuerpo, lo otro le dejarían tonto y fofo. A veces se cansaba de estas burlas y, aunque casi siempre se reía de él mismo y se ponía a hablar con sus compañeros de otras cosas, un día le dijo a su madre que quería darle el beso de despedida en la mejilla o, simplemente, no darle un beso, como hacían los otros niños con sus abuelas. Estos iban con sus abuelas porque sus padres estaban demasiado ocupados en trabajar para el capital como para dedicarse a la educación de sus hijos. Cuando le dijo esto, su madre le dio el beso en la boca, el no se apartó, estaba acostumbrado y en realidad, ni él mismo no entendía porque no quería, simplemente quería ver que pasaba si no se lo daba. Esa misma tarde, cuando llegó al camión, el cual estaba aparcado cerca del colegio, después de acabar las clases, su padre le contó que los otros niños se burlaban de él por dar un beso en la boca a su madre, porque la sociedad les ha metido en la cabeza que eso no es normal, porque ellos han establecido como normal darse dos besos, uno en cada mejilla. Siguió diciéndole, que darse un beso en la boca es síntoma de amor, y amor es lo que ellos sentían por él, y él por sus padres. Finalizó preguntándole, que si ya no sentía amor por su madre, no debía darle nunca más un beso. Pero David siguió besando a su madre en la boca cada mañana en la entrada del colegio y cuando le apetecía.
Algunas veces la madre pedía al padre que fueran a otro lugar donde hubiera un colegio alternativo, donde su hijo aprendiera los verdaderos valores de la vida, donde él mismo aprendiera por curiosidad y nadie le obligara hacer nada que no quisiera. Un colegio que tuviera unos ideales parecidos a los suyos. Además, la madre tenía ganas de asentarse en un lugar, con más gente, pero gente sencilla como ellos. El padre estaba de acuerdo, pero debían tener paciencia, la madre debía descansar porque estaba en estado y él, debía continuar trabajando de paleta un tiempo para conseguir algo más de dinero. Ya se sabe, te quieres separar del sistema, pero este te atrapa en sus redes, te obliga a trabajar para él y no te deja salir tan fácilmente, a veces te debes dejar subyugar y darle beneficios para poder conseguir algunas cosas básicas. En su caso, era algo de dinero para poder construir una pequeña casa allá donde se instalaran, no iban a vivir toda la vida en el camión, y menos con dos críos. La madre sabía que su marido tenía razón y no entendía porque las autoridades le obligaron a escolarizar a su hijo, les dijeron que debían hacerlo si no lo querían perder, por lo menos mientras estuvieran en esa ciudad, pero no sentía odio por ellos ni por la asociación de vecinos que los denunció, ella entendía que los otros no podían comprender que había otras formas de vivir que las suyas, solo se lamentaba de que pasaba poco tiempo con su hijo y no podía enseñarle ella misma. Sin embargo, tenía más tiempo para descansar y poder hacer unos collares y pulseras que venderían o trocarían en mercadillos. David también estaba triste, era la primera vez que se separaba tantas horas de su madre y no estaba acostumbrado, pero gracias a su forma de vivir, se adaptó e hizo amigos muy rápidamente.
Algunas mañanas David no iba a clase porque prefería quedarse con su madre, la profesora hacía la vista gorda porque respetaba los ideales de sus padres. Ella en su época joven fue anarquista, por lo menos durante la transición, pero en esa época más valía que cada uno se buscara las castañas para colocarse en un buen lugar. De maestro de escuela, después de las huelgas, fue un choyo para mucha gente que había estudiado magisterio. Sin embargo, una mañana que si fue a la escuela, un compañero suyo, queriéndose burlar de él, le mostró sus nuevas zapatillas ExplotaciónDeNiños que su padre le compró por casi cien euros. Viendo que conseguía la atención de otros amigos, comenzó a señalar las zapatillas SinMarca que llevaba David y comenzó a reírse, los otros al principio no rieron porque eran unas zapatillas normales, muy parecidas a las del niño de zapatillas nuevas, pero al remarcar que las de David eran SinMarca también se rieron. De todas formas, David desvió la atención al decir que haría un dibujo sobre sus zapatillas como las del otro niño y ya serían iguales, los otros pararon de reír y comprobaron que tenía razón, realmente eran casi iguales, pero alguno dijo que sería falsificación y eso era ilegal, lo había visto por la tele. La alarma de entrada a clase sonó y se fueron todos rápidos al aula. Por el camino, el niño de las zapatillas nuevas contó a David que gracias a ellas, podría correr mucho más que él y sus amigos, ya que lo decían en un anuncio sobre las zapatillas que le había regalado su padre.
Esa tarde, David preguntó a su padre porque él no tenía unas zapatillas ExplotaciónDeNiños, su padre lo miró, reflexionó un poco y le preguntó a su hijo que le pasaban a las suyas, este miró sus zapatillas SinMarca y le dijo que no tenían marca. Su padre rió y comenzó a contarle que sin embargo estaban en perfecto estado, que una zapatillas con marca no eran mejores que unas sin marca y que además, las zapatillas nuevas de su amigo, a parte de ser diez veces más caras que las suyas, que de hecho las habían reciclado, provocaban que se maltrataran a niños como él en otras partes del mundo y los esclavizaban para que trabajaran para ellos todo el día por muy poco dinero. Los niños aceptaban el trabajo porque sus familias eran pobres y no tenían otra cosa que hacer. Además, el sistema no les quería en las calles, así que les robaba su infancia y la posibilidad de trabajar la tierra para conrearla y conseguir algo de comer, ya que esta se explotaba para vender toda la comida a occidente, los encerraba en fábricas durante todo el día para que trabajaran para una empresa. Estos argumentos convencieron al niño, pero sin embargo le contó a su padre que gracias a esas zapatillas su amigo correría más que todos. Su padre preguntó a David como se llamaba ese compañero, al escuchar el nombre, le recordó que ese niño ya corría más que todos antes de comprarse las zapatillas, pero que sin embargo, estaba seguro que David aún saltaría más que él, ya que no eran unas zapatillas las que hacían que uno corriera más o menos, sino el estado físico y las capacidades de cada uno. Finalmente, añadió que era un consumo innecesario comprarse zapatillas cada dos por tres, sin que las viejas estuvieran mal y aún se pudieran seguir utilizando.
Al día siguiente, David fue a la escuela y le explicó a su amigo lo que su padre le había dicho. De lo primero su amigo no entendió nada y dijo que esta marca era internacional y muy conocida y que por lo tanto eran buenos y no hacían nada malo. De lo segundo, el niño admitió que era verdad que antes, con sus zapatillas viejas, ya corría más que todos, pero seguro que ahora también saltaba más. Hicieron la prueba, David saltaba más alto que el niño de zapatillas nuevas, incluso algunos de los otros compañeros saltaban más alto que él. Entonces, David le explicó lo que le dijo su padre, no eran unas zapatillas las que hacían correr o saltar más a un niño, sino su estado físico y sus capacidades. Al acabar las clases y saliendo del colegio, el niño de las zapatillas nuevas dijo a David que tenía razón, había reflexionado y había visto que su padre se había equivocado, mañana vendría con la solución.
Pasó el día, cada uno con sus quehaceres, y al siguiente en el colegio, todos los amigos se juntaron para hacer corro al niño de las zapatillas nuevas. David, que ese día también fue a clase solo por ver la solución que traería su compañero, le dio el beso a su madre, en la boca, y se fue hacia ellos. Al llegar, el niño de las zapatillas nuevas señalo hacia sus pies y David pudo ver que tenía otras, su compañero le contó que ayer, durante las clases, averiguó que su padre le había comprado las zapatillas erróneas, pero esa misma tarde había ido con él a comprar estas nuevas, de la marca Esclavitud Infantil, porque en un anuncio decían que con estas podrías correr y saltar más que todos, David se quedó perplejo ante la solución que encontró su amigo, pero no dijo nada y se limitó a asentir. Esa misma tarde, le contó a su padre el final de la historia de las zapatillas y le preguntó quien era tonto y estaba mal, su amigo o la sociedad, su padre le dijo que lo segundo.
Aliche en la ciudad de las hipocresías
Escrito el 4 de octubre de 2007
Aliche, como todas las mañanas, se despertó con el ruido del loro argentino, una nueva especie introducida, en algunas partes de Andalucía, por algún dueño irresponsable y dominador de los animales, que sin ningún escrúpulo abandonó a este precioso loro porque todas las mañanas cantaba y le despertaba antes de hora. El resultado fue impresionante, su loro encontraría una lora y, visto lo visto, parece que han procreado sin parar y, a pesar de los intentos de la administración, siguen creciendo en número. Total, que el pájaro cantarín tenía harto a todo el mundo por su cantar estridente y poco melodioso. Sin embargo, a Aliche le alegraba el despertar, no como a su compañera de piso que este ruido la desquiciaba. Ella lo describía como parecido al ruido que hace una tiza contra la pizarra y te hace rechinar los dientes, le producía dolor de cabeza y estar cabreada todo el día. Había hecho intentos de asesinato contra el pobre loro, que se ponía todas las mañanas delante de la ventana del piso, pero Aliche siempre los desbarataba sin que ella se diera cuenta, ya que el loro tenía un acuerdo con ella, le despertaba todas las mañanas y ella le daba un poco de pan mojado en aceite de oliva. Esta mañana el loro hizo su trabajo como siempre, además hoy era importante porque tenía un encuentro a las diez de la mañana con su jefe, por eso Aliche le dio doble ración, el pájaro cogió su premio y se fue volando.
Su jefe era un histérico que se odiaba a sí mismo, encima, siempre que podía, le decía proposiciones indecentes. El trabajo era un aburrimiento diario, Aliche se sentía así cuando se encontraba en el curro, totalmente aburrida, sin libertad, enjaulada y sin poder opinar, solo estaba allí para el deleite de los ojos de su jefe, un hombre baboso y asqueroso. Pero pronto le daría una patada en su culo gordo y caído, ya que le faltaba poco para conseguir el dinero que necesitaba para comprarse un camión y así poder hacer su vivienda y viajar por donde quisiera. Solo un poco más y escaparía de la ciudad que la retenía, de este sistema que la obligaba a perder su tiempo… Su tiempo, envejecía y no podía hacer lo que quería, pero ella no se deprimía, ella siempre sonreía, tenía su pájaro, algunos amigos, las pequeñas cosas que le hacían sentir bien, como el CSO donde trabajaba su huertecito con ayuda de la peña, o paseando, cuando hacía sol, por las cuevas del Cerro de San Miguel, visitando algunos colegas que vivían allí que ahora luchan contra el frío invierno granaino. Aunque este año no hacía tanto frío, allí arriba por las noches se humedecía tanto el ambiente que a veces se hacía difícil dormir, pero bien preparado se podía aguantar. Aliche no soportaba mucho el frío, por culpa de las buenas costumbres, tener muchas mantas, una buena cobertura, imaginó que se tendría que acostumbrar más a él. Tenía una vecina que aún lo aguantaba menos que ella, esta vecina no aguantaba estar en la calle cuando hacía menos de diez grados y siempre iba tan abrigada que a veces tenía dificultades para moverse. Una vez que salió con menos ropa de lo habitual para ella (aunque fuera mucha según lo normal), su cuerpo no le respondió, se quedó en un estado de inconsciencia y la tuvieron que llevar al hospital. A Aliche le recordó a ella cuando iba al campo a pensar, a olvidarse de la ciudad, se quedaba en un estado parecido al que le sucedió a su vecina.
Cuando Aliche estaba en este estado, creía correr o volar, no lo sabía con exactitud. El caso es que observaba Granada, corriendo por sus calles observándola des del suelo o volando observándola des del cielo, a lo mejor a veces era corriendo y otras volando, en realidad daba igual. Siempre podía observar lo mismo, una ciudad vacía, sin nadie, sin tráfico, una ciudad enorme que no servía para nada. Se sentía triste, mientras iba de un lado a otro, o a ninguna parte, sola, buscando gente, pero no encontraba a nadie. No podía hablar, ni reír, ni llorar, porque no había nada ni nadie con quien compartir sus sentimientos y sus pensamientos. Siempre era lo mismo, allí se encontraba, en una ciudad inexistente, vacía, sin razón de existir. Pero al final de su viaje siempre encontraba a todo el mundo y la ciudad se llenaba, en una unión perfecta, en armonía, como un golpe de efecto que la envolvía para hacerla sentir mejor. Mucha gente y muchas cosas comenzaban a moverse por un fin, por una alegría, felices y solidarios, trabajaban todos juntos, todos para todos y todo tenía un sentido. Lástima que esto solo fuera un viaje de su mente hacía una Granada que ella esperaba existiera algún día. Sin embargo, esa mañana fue como todas, subió al autobús que la llevaría hacía su martirio diario, desde dentro podía escuchar los pitidos de los coches, la gente discutiendo, corriendo con prisas, sin mirarse a la cara unos a otros. La gente parecía estar, pero realmente no estaba, la vida real era la ciudad vacía que ella veía cuando estaba inconsciente en el campo. Podría llorar, reír o hablar, pero nadie la miraría. Porque la gente existía, las cosas existían, pero en realidad no había nada, porque nadie se miraba a los ojos. Era una ciudad llena pero vacía.
Bajó del autobús y lentamente, caminando sin prisas, sin la preocupación de llegar tarde, disfrutando cada pequeño momento que la ciudad pocas veces le ofrecía, se dirigió hacia el trabajo mirando a los ojos del resto de la gente.
La niña
Escrito el 30 de agosto de 2007
Que inocencia tiene una niña cuando se acerca a un joven y se dirige a él. Hoy en día como debe sentirse un hombre cuando una niña se le acerca y sin ningún miramiento le pregunta algo ¿Cómo reaccionar? Miras de un lado a otro por prejuicios, pensando que alguien te tachará de pederasta. Pero que bonito es cuando se establece esa unión entre niña y joven continuada de una conversación.
- Perdone Señor
¿Señor? Que querría esa niñita, vestida completamente de rosa, incluso el lacito que le recogía su pelo lacio era de ese mismo color. Su perdone señor me llegó hondo, haciéndome viejo. Aunque claro, debe entenderse que una niña de pocos años te vea como un adulto. Por eso me trato con respeto, era una niña de buena educación.
- ¿Qué quieres?
- Este columpio solo es para niños.
¿Cómo? Pero lo que me faltaba, yo que siempre me había columpiado, desde que aún gateaba hasta hoy mismo, cuando decidí leer la portada de El País para ver que había pasado en las elecciones municipales.
- ¿Dónde dice eso? – dije mirando hacia atrás por un lado y luego girando la cabeza hacia el otro – Yo no veo que lo prohiba por ningún sitio que los jóvenes utilicemos los columpios.
La niña arrugó los hombros indicando que le daba igual, que no sabía responderme. En realidad, creo que solo me lo dijo para comenzar una conversación, puede que quisiera compañía. Miré alrededor y vi que no había ningún niño o niña con quien jugar, así que me presté a jugar yo.
- Además – continué -, yo soy un niño y tengo derecho a columpiarme.
- ¿Cuántos años tienes?
- Ocho.
La niña sonrió, pero al instante formo un ovalo con su boca haciéndome entender que no se lo creía.
- Imposible, tú eres mayor. Soy yo quien tiene ocho.
- Vale venga, tengo quince.
- Tienes dieciocho o diecinueve por lo menos. Como mi hermana.
Tengo que confesar que cuando la niña me dijo esto me alegró el día. Bueno, a lo mejor hubiera preferido que dijera unos veinte, con un uno delante me sentía demasiado joven, pero me gustó.
- No, tengo quince – Insistí yo.
- Entonces mi hermana te gana – dijo ella cantando -. Ella tiene diecinueve.
- ¿Tu hermana es tan guapa como tú?
Aquí dude, no creía que fuera una pregunta adecuada para una niña de ocho años, pero la costumbre, ya sabéis. Sin embargo, su respuesta, acompañada de una sonrisa, me devolvió las ganas de continuar hablando con ella.
- Sí, pero tiene novio.
Vaya, que lástima, pero bueno, tampoco la conocería… a menos que la viniera a recoger. Para nene, céntrate, te lo estas pasando bien.
- Y no está aquí – continuó, desilusionándome del todo tengo que confesar -. Yo es que soy de Madrid, pero vivo en Valencia.
- ¡Ahh! ¿Y qué haces en Granada? – pregunté bastante curioso.
- Mi madre ha venido para ayudar a un amigo que tiene dos hijos.
Mmm… información valiosa, que hará que no está con los dos niños.
- Están en la escuela – me contestó como leyéndome el pensamiento.
- ¿Echas de menos la escuela?
- Sí – puso carita de pena y yo la imité, no lo pude evitar, con esos mofletitos -, por mis amigos.
- ¿Porqué ha venido tu madre a ayudar a su amigo? – parecía yo el niño preguntando tanto.
- Tiene un bar que ha inaugurado y está todo desastroso – contestó pareciendo ella la adulta -. Por eso ha venido a ayudarle.
Vaya, vaya. Pues deben ser muy amigos tu mama y su colega para venir des de Valencia y hacer unos días de camarera.
- ¿Cuántos años tengo?
¿Quoi? Me has pillado, a que viene esa pregunta, no se vale. Puse mi mejor careto de incógnita, que no era muy bueno pero yo lo intenté, menos da una piedra. Además, si no conseguí la cara de interrogación, si que puse una lo suficiente graciosa para que la niña se riera.
-Yo tengo memoria de pájaro y se me olvidan las cosas porque tienen el cerebro muy pequeño – joder que inteligencia -, pero tu eres peor.
- Es que yo tengo la memoria de pez – ole yo, aquí lo borde -, porque se me olvida todo a los tres segundos.
La niña no estaba muy convencida de lo que dije, así que tuvo que comprobarlo haciéndome una serie de preguntas sobre cosas que acabábamos de hablar.
- ¿Tengo una hermana?
- Creo que dos ¿No?
- No tengo una – dijo con un enfado cariñoso -, que memoria tienes.
- De pez – le recordé -, o era de pájaro.
- No de pájaro era yo.
- ¡Tú me dijiste que la tenías de caballo!
La quise engañar, pero entonces ella me salió por otro lado que me dio mucho jugo en la conversación. Realmente me lo estaba pasando bomba con aquella niña, con la mierda de mañana que había tenido, casi toda perdida en la uni, el encuentro con la niña me hacía disfrutar y aprender mucho más.
- Sí, pero memoria de yegua. Como los unicornios.
- ¿Los unicornios?
- Sí – dijo con una cara de incrédula como diciéndome si no había visto nunca ninguno -, que tienen un cuerno en la cabeza.
- Yo tengo un pegaso – para chulo yo.
- ¿Los caballos que vuelan?
Di en el quid de lo que interesaba a aquella niña, la fantasía. Podría ser una buena escritora de cuentos, con ocho años y soñaba en caballos con cuernos y voladores. Seguro que si insistía más, acabaríamos hablando de hadas, duendes y monstruos del armario que si no te portas bien se te llevan.
- ¿Lo puedo ver?
- No – vaya que directa -, está enfermito.
- ¿Qué le pasa? – cuando ponía esa carita de pena es que no podía evitar ponerla yo también.
- Tiene una enfermedad que solo padecen los pegaso pero me estaba tocando – comencé yo -. Entonces, no puede volar ni correr y se queda todo el día tumbado y se le estropean los músculos y las alas porque no las utiliza.
Debía cambiar el tono, porque la niña pasaba de la risa a la tristeza, pero una tristeza que era demasiado para mí.
- Pero yo voy a verlo casi todos los días y le doy cariño y amor.
- Claro, con amor todo se cura – joder la niña, es que me la voy a quedar – ¿Se pondrá bien?
- Sí – dije con una actitud convencida, que de echo convenció a la niña -, porque cuando voy a verlo le muevo las patas y las alas para que no se le estropeen.
La niña recuperó de nuevo la sonrisa y yo también, ahora llegaba el punto culmine, me iba a inventar una historia.
- Y cuando se recupere – comencé muy convencido -, volaremos por encima de Granada y de los campos para salvar doncellas y matar dragones.
Creo que me pasé, porque la niña me puso una cara de que yo estaba flipando un poco. Pero, al fin y al cabo, era una niña de ocho años, dejó de balancearse en el columpio y puso atención en que le iba a contar.
- ¿Has matado algún dragón? – me preguntó por si era tan tonto que no me había dado cuenta de que estaba interesada en mis historias.
- No aún no – contesté -, los dragones son seres muy viejos y difíciles de ver. Pero una vez, iba yo con mi pegaso…
- ¿Cómo se llama?
- ¿Quién?
- El pegaso – y lo dijo acompañándolo con otra cara de que tío tan tonto.
- Ah sí, Arquímedes – dije rápidamente, me estaba jodiendo la historia, pero bueno, los niños preguntan – ¿Y tú?
- N, E, R, E, A – me deletreó, estará acostumbrada a que entre los niños pequeños su nombre traiga miga para entenderlo, imagino – Nerea ¿Y tú?
- E, L, O, I – je je je, que gracioso, se deletrear. Tonto, pensó otra vez la niña.
- Eloi vaya – dijo ella.
- Sí… claro… imagino.
Me lo continuaba pasando igual de bien, pero me estaba tocando un poco la moral la pequeñita porque imagino que tenía muchas ganas de contarle la historia. Pero paciencia y todo saldrá bien. Hay que tener paciencia con los críos.
- Pues iba yo con mi pegaso…
- Anda, mira – yo miré hacia donde señalaba y solo vi otra niña más pequeña con su madre -. Con esa niña estuve jugando ayer, es muy simpática.
Entonces la niña se saltó del columpio, dejándome con la boca abierta. De primera había pensado que tendría más público, pero no, rápidamente me di cuenta que se iba a jugar con ella en el tobogán.
- Hasta luego – le dije.
- No, si no me voy.
Ya, pero me dejas aquí solo y sin contarte mi historia, pensé. Bueno, es normal, los pequeños son pequeños y prefieren jugar juntos, además yo no soy muy bueno contando historias y la estaría aburriendo, aunque ni siquiera me haya dado tiempo a comenzar. Pero es eso, los niños y niñas, juntos y juntas, los mayores juntos. Y yo me quedo solo columpiándome en el columpio.
Al rato vino otra niña acompañada con su abuela al columpio de al lado. La abuela intentaba enseñar a contar a su nieta. Uno, dos, tres, cuatro y cinco. La nieta repetía hasta el cuatro, pero el número cinco ni de coña. A lo mejor no le daba la gana y pensaba que era una explotación pedirle más con su edad. Se sentó en el columpio y comenzó de nuevo. Uno, dos, tres, cuatro…
- Cinco – continué yo intentando animarla.
La abuela sonrió, con una sonrisa forzada, y animó a la nieta intentando que dijera el cinco, pero a los cinco segundos se fue cogiendo a la pequeñita.
- Vamos al tobogán – dijo acompañándolo con una mirada, por el rabillo del ojo, dirigida hacia mí.
Bienvenido al mundo real nene ¿Dónde estará la niña que me hizo soñar? ¡Mírala! Vaya, parece que se va ¿Me está diciendo adiós con la mano? Sí, se va.
- Adiós – me dijo por si no me había dado cuenta.
Yo la despedí con un movimiento de la mano, por hoy se había acabado. Me levanté del columpio y me fui. En definitiva, si eso me pondría a escribir la historia del pegaso cuando llegara a casa, la niña me había abierto la imaginación y ya que no pude contar la historia, haría lo que más me gustaba, escribir.
Cuento Popular: Pastor vs Lobo
Escrito el 28 de agosto de 2007
Entre las montañas más verdes de mi región, había un pueblecito muy pequeño donde no vivía mucha gente. Quedaban algunos lugareños y, últimamente, había llegado alguna gente alternativa para quedarse a vivir, ya que decían que allí existían energías positivas. Entre los lugareños había un personaje algo travieso, era el pastor del pueblo y le gustaba gastar bromas.
Un día que había salido a pastar las ovejas, mientras descansaba bajo la sombra de un árbol y mascaba un poco de tabaco, se le ocurrió una broma muy buena, tan buena, que ya se estaba riendo antes de hacerla. Puso la cara de travieso que solía poner cuando sabía que iba hacer algo malo y utilizando sus mejores aptitudes de actor, salió corriendo como un perro tras un trozo de carne y cara de niño degollado hacia el pueblo, gritando sin parar « Qué viene el lobo, qué viene el lobo y se va a comer todas las ovejas. Ayudarme, qué viene el lobo ». El resto de los lugareños, al escucharlo y verlo, rápidamente cogieron todas sus herramientas de campo puntiagudas, como por ejemplo, hachas, hoces y rastrillos, dispuestos a dar caza al lobo asesino de ovejas. También los alternativos salieron corriendo detrás de ellos, pero no con armas, estos llevaban cacerolas que golpeaban con cucharas mientras gritaban frases en contra de la caza del lobo y por el respeto a su vida. Así formaba comitiva encabezada por el pastor, que casi no podía aguantar la risa, seguido de los lugareños con ansias de sangre y detrás los alternativos con ansias de paz. Al llegar, se encontraron con las ovejas pastando tranquilamente y ningún rastro del lobo. « Ja ja ja, ja ja ja », se reía a carcajada abierta el pastor quien dijo « Os lo habéis creído ». Los lugareños y los alternativos se fueron enfadados por el engaño sufrido, recordándole al pastor que engañándolos sólo conseguía hacer daño.
Pasaron los días y el pastor seguía tranquilamente, con la conciencia tranquila, sacando a pastar sus ovejas. Otro día cualquiera, se acordó de la última gran broma que había gastado a sus vecinos, no podía parar de reírse desde entonces. Puso de nuevo esa cara de travieso, pensando en gastar otra vez la misma broma, ya que era tan buena, que era una lástima no aprovecharla más. Así que salió corriendo hacia el pueblo mientras decía « Qué viene el lobo, que viene el lobo y se va a comer todas las ovejas. Ayudarme, qué viene el lobo ». Los lugareños, cogieron otra vez sus herramientas para matar al lobo, los alternativos sus cacerolas y cucharas para protestar contra la matanza del lobo, pero de nuevo al llegar donde estaban las ovejas, se las encontraron pastando tranquilamente. « Ja ja ja, ja ja ja », reía el pastor, « os lo habéis creído por segunda vez, habéis caído dos veces en la misma broma, ja ja ja ». De nuevo los lugareños y los alternativos se fueron indignados de tener un vecino tan malo.
Otro día cualquiera en que las ovejas pastaban y el pastor descansaba, este escuchó el aullido del lobo. Como acción natural, corrió dirección al pueblo para pedir ayuda, pero esta vez nadie salió para ayudarlo, ni siquiera los alternativos para protestar. « Esta vez es verdad, esta vez es verdad, el lobo se va a comer las ovejas, salir con vuestras herramientas para matarlo, salir con vuestra cacerolas para protestar, esta vez es verdad », no paraba de repetir el pastor. Al final, un lugareño y un alternativo decidieron ir, aunque lo hicieron tranquilamente, tomándose su tiempo y sin coger nada, diciéndole al pastor, al ver su cara de incomprensión, que como sería una broma, no pensaban darle razones para que se riera de ellos. Sin embargo, al llegar donde estaban las ovejas, las vieron asustadas e intranquilas, mirando el cuerpo de una de ellas que había sido devorada por el lobo. El lugareño, al ver que realmente había venido el lobo, se dirigió al pastor diciéndole que esto le había pasado por mentiroso, comentándole que había tenido suerte, ya que el lobo solo había matado una oveja. El alternativo, por su parte, añadió que hoy el lobo les había dado dos buenas lecciones. La primera era que este solo mataba lo que necesitaba para comer y no era un asesino de ovejas, como todos pensaban. La segunda, que no existe un animal tan despreciable y cruel como para engañar a los de su misma especie, a sabiendas que pueden causar tanto a ellos como a los demás, como el ser humano.


